domingo, 5 de febrero de 2017

Mateo 5, 13-16




Sal” y “luz”: termina así Mateo su memorable página sobre las bienaventuranzas. Termina así, con una de las imágenes más conocidas y más contundente de todo el evangelio.
“Sal” y “luz” son elementos comunes, de la vida cotidiana de todo ser humano. Elementos que por su sencillez y por ser tan concretos pueden ayudarnos a crecer en comprensión.
Comprender es siempre la llave que abre a la vida y al amor.
La tajante afirmación que Mateo pone en boca de Jesús: “Ustedes son la sal de la tierra”, “ustedes son la luz del mundo”, fue comprendida esencialmente bajo dos aspectos:
1)   Moral. Los cristianos tienen que ser ejemplo de vida para el mundo.
2)   Mental. Los cristianos tienen la verdad y esa verdad hay que anunciarla.

Es este un nivel de comprensión que responde a cierta visión del mundo y a un estado de conciencia que lo estudiosos definen como “mítico” o “racional”.
Hoy en día podemos comprender esta página a partir de otro nivel de conciencia, desde una dimensión que se está abriendo camino en la humanidad.
Es la dimensión “no-dual” o “mística”:  mirando la realidad desde el silencio y la atención descubrimos la unidad que subyace a todo lo existente. Solo existe lo UNO (Dios, Amor, Vida…) que se manifiesta y expresa en todo.

¿Por qué es tan importante esta nueva visión, esta emergente dimensión de conciencia?
Porque apunta a lo esencial de la realidad y lo real. Apunta a la identidad profunda, más allá de sus manifestaciones. Apunta a lo que somos, a lo eterno.
¿Cómo entonces podemos leer y comprender el texto de hoy y las imágenes de la sal y la luz?
Hay algo más profundo, más verdadero y más urgente que la lectura moral o mental.
Las imágenes de la sal y la luz apuntan justamente a la Vida que somos.
Los cristianos no “poseemos” la verdad: ¿cómo un ser humano limitado puede ser tan arrogante de creer que “posee” la verdad? Más bien es al revés: la Verdad nos posee.
La verdad no es – no puede ser – un objeto mental, una creencia. La verdad es la verdad de la Vida, aquí y ahora.

Justo aquí empalma la imagen de la sal: la sal da sabor. Ser “sal” es aprender a vivir con sabiduría y plenitud.

La imagen de la luz nos ayuda a comprender como una visión simple y esencialmente “moral” del cristianismo es enormemente reductiva. Ya unas simples preguntas nos indican la falla:
¿Qué es el “bien” y que es el “mal”?
¿Por qué a veces lo que parece bien no lo es y así con el mal?
¿Por qué muchas veces lo que consideramos bien se convierte en mal y viceversa?
¿Por qué sucede que no vivimos el bien que queremos sino el mal que no queremos?

La vida moral no surge en primera instancia de la voluntad o de una supuesta idea mental de lo que es el bien y de lo que es el mal.
La historia enseña: cuanto dolor se engendró a partir de esa visión.
Es hora de aprender. La vida moral surge en primera instancia de la visión de nuestra más profunda identidad. Nace de la luz justamente.
Cuando veo lo que soy, cuando logro ver que en el corazón de lo real late el Amor, ahí mi vida concreta y mi comportamiento fluirán solos. Viviremos lo que somos.
¿La luz que otra cosa puede hacer sino iluminar?

Cierro entonces con las sabias palabras de Enrique Martínez:
En concreto, es sal aquella persona que nos ayuda a saborear la vida con más profundidad, porque nos contagia su gusto de vivir y nos apoya para que podamos experimentarlo. Es luz quien, con su presencia amorosa, disipa nuestras oscuridades y facilita que percibamos el sentido luminoso de nuestra existencia, de nuestra verdadera identidad




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